jueves, 17 de abril de 2008

Emilias (pero diferentes...)

Nada más naufragar en la isla de las Abuelas, te alcanza el olor de los pestiños y de las torrijas, la boca se convierte en torrente y el estómago, en remolino. En la isla de las abuelas habitan mujeres de ojos glaucos, siempre húmedos y algo sonrojados por los párpados, cabellos canosos, faldas luengas, medias de lana asomando por debajo de un mandil, o faltriquera, o ropa de semana que diría la mía.

En contra de los rumores que corren, las Abuelas no parece que sean caníbales. Por contra procuran ser la mar de hospitalarias y regañan unas con otras para decidir a quién corresponde la suerte de oficiar de anfitriona esa mañana. La vencedora acompaña al invitado a su morada seguida de las miradas tristes (a veces rencoradas) de sus compatriotas y le enseña la casa. Cada rincón es un prodigio de pulcritud. Cada objeto es el cuento de mil vidas (abuelas de abuelas de abuelas de abuelas). Los ojos cada vez más humedos. Los párpados cada vez más rojos.

Cualquier abuela que se precia te mira mientras comes y estira a cada rato del delantal, nerviosa. Se levanta cinco o diez veces para seguir trayendo comida y más comida. Solo dice (si es que dice algo). ¿Está bueno hijo?. Qué gusto da tener hambre, hijo. ¿Quieres algo más, hijo?. Y otra vez, ¿está bueno hijo? y entre medias palabras pequeñas que se pierden en su boca. Si tu le dices que si, le das a la vida a sus mejillas, que se sonrojan y se sonríen como en aquellos otros tiempos que a veces olvidan. Luego, ya la cocina recogida y las faldas de la mesa sobre sus piernas, se trasponen un poco mientras recuerdan y ahora eres tu quien callas, quien miras, quien sonries, quién dejas que los párpados caigan. Huele a café y a sol en la cocina dormida.

La Orquesta Filarmónica de la Isla interpreta en las aceras por las tardes la sinfonía de las escobas. En Do Mayor. Las Abuelas entonan los coros en medio de susurros, tarareando áreas de ópera y de galanes. Cuando se ponen tontinas, sacan a paseo las tonadas de campos voraces, de hombres sudados, de honras robadas y todas ríen a su manera discreta, guardando el pecado entre las manos, las menos.

Despúes, con el olor de las cazuelas en los mechones y en las mejillas, con las manos desolladas y algún que otro ay en las piernas, sacan a la plaza una silla desvencijada y justo debajo de las estrellas, celebran aquelarres de esparto y le encuentran sentido a las cosas. A veces ríen, y otras, suspiran demonios. Cuando se recogen se llevan la niebla en sus ojos.

Todas las noches antes de decir lo de cuerpo descansado dinero vale y ponerse camisones picantes (porque pican, no por otra cosa), con una manta de punto que ellas mismas tejieron cubren las laderas de su volcán para que no les coja frío y en la fuente de la plaza dejan a remojar sus dientes que aguardan pacientes otro día. Cuando sus dueñas no pasan a recogerlos, son las campanas de la Iglesia las que castañetean en su lugar.

Pocas veces se habla de los abuelos, los unos porque no llegaron, los otros porque no estuvieron. Las abuelas temen que de los ojos le salgan ríos y les da tanto miedo ahogarse como que se les sequen. Por la mañana, ya los ojos son escarcha y como la escarcha se deshacen. Antes de que el sol regrese, ya huele a pestiños y a torrijas en las casas de las abuelas.

8 comentarios:

Benjuí dijo...

Es tan, pero tan precioso, que me he olvidado de que dónde pones abuelas, hoy deberías poner bisabuelas, porque sus nietas ya han parido.

Los tiempos cambian, Joseph, y las abuelas de ahora aún no nos hemos jubilado, nos ponemos tacones y conducimos nuestro propio coche.

Ahora, eso sí: en nuestras casas también huele a pestiños y torrijas...

Chisme Cotilla dijo...

Un urra por las abuelas, que deliciosa isla para naufragar.
Espero que no sea cierto el rumor que corre por algunos sitios de que en las noches de luna llena se convierten en suegras.
Por cierto, tu relato esta servido,Saludos.

irene dijo...

Estoy con Benjuí, las abuelas de ahora, llevamos vaqueros, trabajamos con ordenadores... no lo soy, podría y me gustaría serlo, pero mi hijo no está por la labor, me tengo que conformar con ser tía-abuela desde hace una semana.
Es entrañable esta dedicación, este entusiasmo y esta entrega que tienen tus "abuelas", que sólo viven para eso, ser abuelas.
Un abrazo.

Lula Towanda dijo...

Más que una isla es un paraíso en el que las abuelas compiten entre si. Ellas adoptan a cualquier nieto siempre que tenga el suficiente apetito para hacer gala de sus viandas.
Si no fuera porque podría terminar obesa, allí me iría, a que me cuidasen las abuelas.

Arcángel Mirón dijo...

Extraño a mis abuelas. Y encima se acerca el invierno.

Ligeia dijo...

¿Es la isla donde las abuelitas a la hora de la comida te ceban y te ponen triple ración en el plato porque para ellas siempre estás delgado y en edad de crecer...? Si es así, creo que ya la he visitado.

Un beso!

SWEETBEL dijo...

Una noche de luna llena, extendio mi abuela sus manos, mostrando el gran mapa esculpido en sus palmas. Aquella luz plateada mostraba una cantidad infinita de lineas escribiendo su vida.Las yemas de sus dedos desprendian un olor imborrable a canela. Capturó en sus ojos la imagen de la luna, y me la regalo junto a unas sabias palabras, "no olvides que también soy una persona".

Trenzas dijo...

¿Para cuando ese libro sobre viejos que decías que ibas a escribir?
Una preciosidad de recreación de abuelas. Ninguna de las mías, por línea directa era así, pero no importa. He conocido a muchas otras que huelen maravillosamente a cariño, a paciencia, a jabón del de antes.
Me ha emocionado ese tañido de campanas :)
Un abrazo, querido naúfrago

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