domingo 1 de noviembre de 2009

En el primer día fueron...

Vivía en una isla a pocas olas de donde os hablo. Por alguna extraña razón iba por allí habitualmente, por la misma perversión que nos obliga a frecuentar los lugares que nos desgracian los sinos, debe ser.

Los escritores buenos os harían un perfil psicológico que os permitiría comprenderla y compadecerla. Os contarían con todo lujo de detalles lo de su familia desestructurada y sus catástrofes sentimentales, su soledad inabarcable y el acne sin solución. De hecho, si el escritor en cuestión fuese meticuloso, os iría indroduciendo paulatinamente en sus inseguridades, acabarais entendiendo su forma particular de mirar el mundo y poco a poco os sentiriais atrapados por sus fantasmas y compartiriáis su ansiedad. Al cabo, seriaís incondicionales, le reiriais las gracias y acabaríais llorando con su muerte.

Por que al final de esta historia muere. Os lo digo. Y sin llantos. Porque los escritores buenos están de huelga y solo quedo yo de guardia. Muere, sin giros de guión de última hora ni posibilidades de redención en la última línea.

Es una mujer fea y sin interés. Lo pasó mal, si, peor que otros y mejor que muchos. A ella le dio por amargarse y contagiar al mundo. No hay poesia detrás de su naufragio en aquella isla, sólo un error. No me di cuenta a tiempo de que en tanto archipiélago no cabía ella. No me refiero a Ella, santa, diosa y panteón, no, sino a una ella cualquiera, con minúsculas y muchos granos.

ella os diría que no era mala. Que fui yo quien la escribí así. Que nos conocimos en otro mundo, más lejano y más real y que allí yo la cogi gato de manera injustificada. Es posible, no digo que no, pero no habiendo otro escritor me toca a mi decir que es lo que pasa. Y lo que pasa es que es mala y ya está, sin condicionamiento social ni eximentes psiquiátricas. Y muere por ejemplo porque le cae un travía extraterrestre en la cabeza. O porque Moby Dick se come su isla. Lo que queráis. No sirve de nada que rogueis su amnistía.

Definitivamente fue un infarto al corazón, rutinario y sin gracia.

lunes 7 de septiembre de 2009

Revolver

Diría que he regresado si no fuese mentira. Regresar es una farsa. Nadie puede volver al lugar de donde vino, porque aquel sitio, encharcado de tiempo, ya es otro distinto del que conociste. Ya no estas tú, en ese instante. Ya no eres feliz. Ya no lloras. Ya no correteas ni una bicicleta es el artefacto más veloz del mundo. No. Regresar no es posible.

Y aunque todo fuese igual, aunque los caprichos del dichoso espacio tiempo hubieran preservado un espacio en las mismas condiciones que lo dejaste, al alejarte de la burbuja detenida donde las cosas permanecen siempre idénticas, tu si que cambias. Tu mirada es otra, tus ojos han mudado de color, tu corazón repica de otra manera y tus manos tiemblan por otras causas. Ahora te gustan los boxers y te incomodan los slips, has incorporado un nuevo tic a tu repertorio de excentricidades o te empiezas a dormir cuando lees de noche. Por eso, cuando vuelves, todo cambia, porque aunque las cosas perduren, tu percepción las destruye.

Por eso la cabaña sigue igual solo que no tiene nada que ver, porque yo ahora he visto los ojos de una mujer viva que sin embargo ha muerto amando a un hombre muerto que vive en su memoria, y la cama, en la que reposan las mismas arrugas que dejó mi cuerpo al marcharse, es otra, sólo porque mi piel ha sido abrasada por la furia de otro dios sin ternura y porque mis manos han derramado un puñado de gotas de tiempo en un eterno mar de arena. Es como el efecto maripsosa, pero a escala individual. Pero como os dije, no solo soy yo, ahora el grifo gotea y se relaciona con el mundo con su propio y singular ritmo, palabras de agua, versos transparentes. Hay una cucaracha muerta en medio del suelo, sin que nadie la haya pisado. Igual ha muerto de un infarto si tal cosa es posible o ha muerto de vieja y se olvidarán todas las cosas que le sucedieron, por muy insignificantes que nos parezcan.


Y en Trachimbrod miles de pequeños cambios acontecen, unos que veo (hay un nuevo sonido en la oscuridad que emite otra criatura anónima, que teme al día y le asusta la noche, la osamenta de un árbol centenario se ha derrumbado sobre el camino -sigo sin saber si al no haberlo oido, ha hecho ruido o se ha quejado o ha muerto en silencio-, sobre un trozo de tierra removida reposa un soldadito de plástico mutilado -pero no es cascanueces. este sonríe-). Hay otros que no.

Y no es el mismo viento ni es el mismo mar, ni mis pies piensan lo mismo cuando se dejan acariciar por la arena. Hay una nueva piedra justo en la mitad de la playa, que igual puede ser un mojón que achique mis espacios o un meteorito que no revele, ni sioquiera bajo la tortura a la que le sometan sesudos tipos con bata blanca, los secretos del lugar del que partió, o solo un capricho geológico al que los sapiens, en nuestra infinita estupidez , le buscamos un significado. Trachimbrod es hoy otra isla aunque los mapas no lo sepan.

Solo permanece Ella. Viajé hasta los confines de los mundos conocidos, hasta el borde de las historias inventadas, para descubrir algo tan simpleque ha reposado en mi mesilla de noche todos estos años, quizás escondida en un cajón o a la vista de mis ojos velados. Una verdad. Una sola verdad, que generación tras generación, los seres humanos han perseguido en las grandes palabras desdeñando los pequeños gestos. Ella, a la que ni siquiera conozco ni se su nombre. Ella cambia, si, pero está, y sólo por eso, el mundo permanece y a mí me basta con saberlo algunas de mis noches más largas.

jueves 3 de septiembre de 2009

Periplo (V y último)

Si me hubieran preguntado, si alguien hubiera imaginado que mis respuestas iban a servir para algo, hubiera finiquitado en apenas cuatro sílabas años de trascendencias pseudocientíficas sobre los métodos de construcción de las pirámides y no pocos proyectos de investigación sobre las maneras de someter al continúo espacio-tiempo.

Una mierda.

O Un armario que tiene cuatro sílabas igualmente.

Hostia, que calor que hace en Egipto, pensé cuando abrí las puertas y detrás de un desierto de pelotas me encotré con la pirámide gorda a medio hacer (el tema de las pirámides fue lo que me puso en el camino de averiguar dónde estaba. Tardé, las cosas como son). La de Keops creo que era, y estaría muy bien eso de marcarte por la cara un viajecito hasta si el espaciotiempo no hiciera lo que le sale de las narices y en lugar de sacarte a una hora decente, a eso del amanecer preferentemente (que todos los touroperadores lo dicen, a las dos de la tarde, en el desierto, sombra hay tirando a poca), te abandona a tu suerte cuando más pega el Rá.

En desiertos de esas dimensiones cagarte en Rá es lo más productivo que puedes hacer, cagarte bajito eso si, que los integristas tienden a la susceptibilidad con el tema de sus dioses, pero cagarte al fin y al cabo. Porque Ra, como todos sus colegas, aspira a la omnipotencia, y, en lo que al calor se refiere, incluso la consigue. El muy mamón va con su barca a todas partes sin pensar en nadie más que en si mismo. Está en el cielo, claro, pero en la arena también debe tener alguna sucursal porque tiende a estar caliente cual adolescente hormonado, que, dicho sea de paso, a mi que me cuenten para que coño pueden servir unas sandalias cuando la arena que pisas está al rojo vivo y se te cuela por las rendijas, que, por aquello de ser abiertas, son varias y amplias. El espaciotiempo piensa en todo, si, pero piensa poco y sin ponerle interés. Él te proporciona la indumentaria de la época, y una vez comple con su cometido, allá tu te las compongas como puedas, y si se te queman las puntas de los dedos pues te fastidias y punto pelota, que los viajes en el tiempo no están pensados para tiquismiquis.

Así que allí estaba yo, con Ra martirizando a un huevo de gente ocupada con el temita de la pirámide, con una tenue faldita de lino blanco y unas sandalias de esparto, sin protección solar (que imagino que dada la condición divina del sol habría sido retirada de las farmacias)cagándome en Ra, como he dicho, pero también en el espaciotiempo y en los faraones onanistas que pretenden sublimar sus carencias amontonando pedrolos sin ton ni son. Y encima esclavo. Eso fue lo que me dijo el jefe de obra. Tu, esclavo. Y yo, esclavo. Porque yo entendía el egipcio (cosas del espacio tiempo, de tan continúo que es) y de no haberle entendido, los gestos del citado capataz, que era de Murcia (o el equivalente de Murcia en Egipto) y se llamaba Manolo (o el equivalente de Manolo en Egipto) que tenía el cráneo pelado, unos biceps desorbitados, un maxilar asombrosamente prominente y un látigo de siete cuerdas, hubiera cogido el mensaje con rapidez. Luego pregunté por como iba allí el tema de la conciliación familiar y los permisos por cambio de domicilio. Manolo, amablemente, y como no era de muchas palabras, dejó que el latigo se lo explicase a mi espalda, y oye, mi espalda lo entendió enseguida.

Y que hace un esclavo. Los esclavos solo curran. Ni cañas, ni partidita de pocha, ni cafelito a las diez de la mañana. Currar y más currar. Todo lo más soltar por lo bajinis alguna barbaridad cuando alguna sacerdotisa o moza virginal de buena pose se daba una vuelta por la obra, con aquellas pelucas tan sexis y tan egipcias, con aquellas togas sin ropa interior y la piel sudada y los ojos repletos de dioses, y con velos misteriosos y sombrillas que las resguardaban de la mirada de Ra, lasciva y purulenta a más no poder, como las nuestras, pero en más ardiente. Esas caderas que se cimbrean como papiros, les decía. Ya quisieran los camellos tener dos jorobas como las tuyas, les decía. Pero sin que me oyeran, no fuera ser que a Manolo le diera por explicarme algo más. El resto del tiempo, currar.

Por eso digo que me deberían haber preguntado a mí como se hicieron las pirámides que es mu fácil y no hace falta hacerse tantas pajas mentales ni tanto programa de televisión . Tu coges tu equipo de trabajo, les pones a todos juntos, les marcas los objetivos y les comentas, sutilmente, que al que flaquee le pones atado a cuatro palos, en bolas y a la solana, encima de un hormiguero con el miembro huntado en melaza. Y tu equipo responde como una sola persona. Al menos ese era el método de Manolo, que como human resourcing manager no tenía precio. Los objetivos además eran sencillos, tu coges una piedra de tres mil kilos a pulso entre veinte y la subes a cuarenta metros de altura, cuidando que no te pilles los dedos, claro. Eché en falta alguna medida de prevencion de riesgos laborales, algún anclaje que otro, mascarillas, guantes, algún curso de formación no hubiera estado mal, pero nada, el Comité de Empresa no hacía nada por nosotros. Al parecer aún no se había inventado el plástico y los cascos y los andamios se reservaban para usos militares y cuando les hice dos o tres sugerencias inspiradas en las últimas tendencias en políticas de recursos humanos, mostraron su disconformidad a la manera clásica, de forma que no tardé en darles la razón.

Tuvo sus momentos buenos. Partipar de algo histórico, no, porque sin fisioterapia ni quiroprácticos, cuando llegaba el momento de descansar, añadías la Historia a tu opinión sobre Ra, el espaciotiempo, las sandalias de esparto y los faraones. Pero los esclavos son buena gente, porque con eso de no son personas resultan bastante humanos y está bien hablar con ellos, cuando Ra, agotado de tocar los cojones, se va a descansar a su adosado de occidente. Yo les hablaba de Trachimbrod y de ella y de los naufragios y de las islas y ellos hacían como si me creyeran porque a veces me veían triste y no era cosa de disgustarme más. Otra cosa era cuando les contaba lo de que después de aquella vendrían otras dos pirámides y una esfinge. Aquello les alteraba bastante y se sucedían los conmigo que no cuenten, los vivas a la república y los como te oigan y se pongan a hacerlas te van a caer hostias hasta en el carnet de identidad (o el equivalente del carnet de identidad de unn egipcio) pero en general era agradable ver como agonizaba Ra en el horizonte mientras apurabas una cerbeza tibia (en Egipto no había mercado para las neveras) y dabas cuenta de un engrudo hediondo, que riete tu de los complementos proteínicos de los mejores gimanasios del mundo. Pescado tenían poco, pero cuando me comentaron que su ingesta estaba prohibida por haberse papeado el miembro de Osiris, se me quitaron las ganas.

Hasta que me fui. No es que sea sencillo dejar de ser esclavo para basta con proponeérselo y si no que se lo digan a Kunta Kinte. Conseguí escaparme, conseguí encontrar el armario en medio del desierto, conseguí quitar toda la arena que se había colado en los bolsillos de las chaquetas, en las junturas de la madera y entre los pliegues de las toallas, conseguí volver a entrar, conseguí marcharme. Y conseguí regresar a Trachimbrod

Puede que todo esto no haya sonado muy creible pero paso y, francamente, a estas alturas, creer o no creer son actos de fe con distinta dirección.

martes 25 de agosto de 2009

Periplo (IV)

Y delante de mí encontré una niña.

Flaca. Bien vestida y mejor peinada. Mangas cortas de puntilla y lazo de envoltorio. Y con los ojos gordos y hambrientos. Calcetines de punto. Zapatitos de charol. Era como estar viendo una canción de cuna, pero sin ganas de dormirse ni olor de mare.

La niña no estaba suspendida en el limbo. Sentadita y con las piernas muy junta me miraba desde un sillón de dos cuerpos. Mas allá, una habitación cotidiana.

¿Eres un monstruo?, preguntó.

No. Ehhh. No, no. Respondí con una convicción algo fingida. ¿Y tú?

Yo soy una niña, adujo, como si aquello lo aclarase todo. ¿Es cómodo?

Tarde en comprender que se refería al armario.

Si, bueno.... igual no. Me di cuenta de que estaba sentado sobre la cajonera del armario que los hombros rapenas esistían el duro embate al que eran sometidos por chaquetas y paredes. Las piernas recostadas sobre el pecho comenzaban a mostrar su indignación. Visto lo visto, no debía descartar el contorsionismo como alternativa de futuro. Di un gracioso salto hacia adelante y plop estaba en el suelo. La niña apenas reaccionó. No tardó mucho en aburrirse de mí. No tenía nombre o no me lo dijo. No quería ser nada de mayor o no me lo confesó. Solo me miraba entre la curiosidad y la compasión. Al poco rato se incorporó para marcharse.

Estas guapo, me dijo.

Y si lo estaba porque por mucho que cueste creer en estas cosas, había emergido vestido de gala, con chaqueta de posibles, pantalón de señores y una corbata insulsa que se agarraba a mi cuello con desesperación y nudo exacto. Algo formal para mi gusto pero con resultados apreciables.

Sin embargo, no es excusa. A los signos y a los cláxones hay que atenderlos pare evitar atropellos indeseados. Lo debería de haber deducido de los ojos de aquella infanta, tan pálidos y desnudos de asombro, de rabisca o travesuras. O del aire cargado, no por falta de brisa sino por falta de ganas. De los libros de colección impecablemente alineados, de las dos o tres colillas que remoloneaban en el cenicero, de los murmullos que las paredes transpiraban, de la melancolía de los muebles aplolillados, sin polvo y sin vida. Pero no los vi. Y tampoco saqué ninguna conclusión cuando, al salir de la estancia y descubrir un pasillo, me encontré con hombres de vestimenta similar que no extrañaban mi presencia y me daban las buenas tardes con los ojos desnutridos y la cabeza gacha.

Solo cuando entré en aquel salón y vi a todas aquellas mujeres cluecas con los pelos recogidos y lasropas fúnebres acerté a descubrirdonde me habían llevado los caprichitos del puto armario. Algunas de las lágrimas eran de cristal, si, pero la mayor parte de ellas empapaban los carrillos de aquellas doñas que con gran esmero las secaban con pañuelos bordados y olor a lavanda, a espliego, a sol de la mañana. Cuando comprobé que también las más ancianas, viudas en su mayor parte, acompañaban el duelo, intuí una de esas muertes oscuras e interminables que encharcan las vidas de los que las rodean. Las persianas ondeaban a media asta. En una tarde veraniega de polvo estancado y siestas húmedas, yo me notaba aterido y tembloroso, estrangulado por la ropa y con unas ganas irrefrenables de sentarme o desmayarme. Hace frío en el infierno, según parece.

Y yo salgo de allí (y perdonad el cambio de tiempo verbal, pero es que eso, que fue ayer, lo vivo hoy de igual manera) en cuanto recobro el aliento, con miedo de que aquel salón y sus pobladores me contagien de esa pena aterradora y silenciosa que no marcha con lejía, y abro la primera puerta que veo cerrada. En el espejo del cuarto de baño compruebo que sigo vivo y respiro aliviado, recompongo el nudo de la corbata, olfateo mis axilas que aún por suerte no se han puesto a decir aquíestoyyo y regreso al pasillo como cualquier otro valiente de saldo. Lo que pensaba que era el lugar al que llegué se convierte en la alcoba de la viuda. Posiblemente ha pedido a las plañideras que le dejen llorar un rato por su cuenta y se ha derrubmado sobre una butaca de su habitación como un abrigo de piel sin alma. Es dificil asegurar quien se muere más en estos casos. Es joven o al menos ayer lo era y le sienta bien el negro. Me mira, algo molesta por mi irrupción, pero inmediatamente se rinde, sin fuerzas para enfadarse, y recompone el gesto de dama impecable, se levanta, alisa las sábanas de la cama. Lo siento, esto está hecho un desastre. Sin lágrimas soporta la letanía de lugares comunes que no soy capaz de detener (no había otro como él, siempre se van los mejores, tienes que ser fuerte). Ella sólo gasta un segundo para aceptar mi mano, mirarme sin verme. Esta noche volveré a tomar las pastillas, así no sueño. Yo digo algo, no se el que (o quizás si, pero no tiene sentido repetirlo) y me voy y esta vez si que encuentro la habitación a la que llegué. Vuelvo a ver a la niña.

Me acerco al armario. Lo abro

¿Era tu papá?

Asiente. Con desgana, con abatimiento, aburrida.... no se.

Mi espalda le dice, lo siento, mi rostro traidor trata de fugarse. Y con el yo, que no se lleve él todas las culpas. Me encaramo a mi posición de viaje.

¿Eres un monstruo?. Escucho aunque no lo haya dicho ella.

No respondo. Sólo desaparezco

miércoles 12 de agosto de 2009

Interludio

No es fácil ser náufrago. Por mucho que las agencias de viaje vendan la moto, todas las islas paradisiacas son un coñazo a los dos meses. NO es de extrañar, transcurrido ese tiempo, las ciudades cosmopolitas se tornan insipidas y las comarcas pausadas un nido de paletos que huele a estiercol. Y yo no soy una excepción a ese hartazgo que acompaña nuestras existencias por mucho que me llame Joseph y que no haya un funcionario en el mundo que sepa escribir correctamente mi apellido, porque los lugares son muy bonitos hasta que nos damos cuenta que nosotros los habitamos y entonces se hacen bola y no hay un dios que trague sin un mal vaso de agua para acompañarlo, metafóricamente hablando se entiende.

Así que por eso interrumpo el relato de mi periplo porque eso ya paso y no hay nada más que reanudarlo para que vuelva a ocurrir. Cuando narramos el tiempo no tiene importancia, cuando vivimos ya es otra cosa. Unas vacaciones pensé, que estamos en temporada alta, que hay un huevo de gente y que todo sale más caro, que los niños se vuelven particularmente insufribles, que las parejas no saben que hacer con tanto tiempo para tocarse, que los ancianos se entierran debajo de sombrillas asustados del sol entre otros fenómenos atmosféricos, que los ventiladores remueven el aire sin asustar ni al calor ni al aburrimiento. Unas vacaciones en uno de esos mares de sombrillas que otrora llamaron bahías o más recientemente playas, donde el plástico se manifiesta en todas las formas imaginables (colchonetas, cubos, balones, palas, rastrillos, bolsos, gafas, aletas, frascos, neveras, ventiladores, vasos, cubiletes, botellas, mecheros, sandalias, termos, sillitas, condones, pechos y otras partes del cuerpo igualmente ficticias), donde no existe la orilla mas allá de las diez de la mañana, donde las mujeres y los hombres como si fueran peces no dejan de ir desde el principio hasta el final de la playa sin razón aparente que lo pueda explicar, donde las preguntas eternas se ahogan en un vaso de cerveza helada. Uno de esos sitios de hombres y mujeres gordas, de surferos de garrafón, de mozas celulíticas y mozos oligofrénicos. Unos días allí, enmascarado, disfrazado, diluido, ignorado, ignorante. Que buenas están las paellas en dos idiomas, pienso, que gusto da ser feliz envuelto en una túnica que ningún otoño admitiría.

Así que voy con toda mi buena fe y voz de tenor escandinavo a darle los buenos días a una mujer que no es joven ni es madura, que se aburre como yo y como tu, que solo aguarda a que llegue el viernes para dejar de concederle descanso a los demás y agarrar por el cuello el suyo propio, para indicarle a continuación busco un viajecito para mañana mejor que para despues, que no salga muy caro y que me permita relajarme, con sol si es posible y mujeres hermosas y dispuestas (esto no lo digo pero hay cosas que no hace falta decir para que se entiendan). Y es posible que esa mujer que mañana me habrá olvidado no haya entendido por que la he mandado a la mierda. Pero es que con muy buenas maneras y un oficio irreprochable me ha sugerido que si las Seisels (que ya se que no se escriben así, pero ni ganas que tengo de buscarles su grafía) que si las Barbados, pasando por Tuvalu, las Mauricio y las Maldivas, llegando hasta Pascua y sin omitir ni Fuerteventura o La Palma.

Y me ha jodido mucho, las cosas como son, que cuando he regresado de los vuelos de mi fantasía y me he posado en esta playa rutinaria y familiar, templada como pocas mantas conocí, ni yo he sido capaz de mirar a los ojos de Trachimbrod ni esta me ha saludado afectuosamente como acostumbra.

martes 30 de junio de 2009

Periplo (III)

Sospecho que es imperioso abandonar el tono zascandilero que el autor de la nota me ha contagiado. Por mucho que intente hablar de cosas serias acabo escribiendo de cosas absurdas. Cosas de vivir con las manos y la lengua en perpetua contienda.

Yo intuyo que ese armario que se abre ante mí va a ser muy importante en mi vida y debo concentrarme en las parábolas y abandonar las parodias, pero se, que es mucho más que adivinar, que no me va a resultar fácil. Y no lo es por que el enser inaugurado es en todo igual a un armario común, con su altillo forrado de mantas, su zapatero donde se arremolinan botines y manoletinas, sus baldas herniadas y sus cajones a dos velas. Jerseis de medio pelo, camisas fúnebres. Bajo la sombra de las corbatas ahorcadas solo crecen mandrágoras oficinistas. Hay alguna chaqueta con muchas noches y mudas con demasiadas mañanas. Sobresalta un abrigo revestido de piel, de esos que te abrazan con solo mirarlo, que ahuyentan a la lluvia y a otros demonios. Pero poco más.

Un armario que sería igual que el resto de sus familiares si no fuera su aura opalescente y fantasmagórica, que alumbra tímidamente mi rostro cuando lo acerco contrariado. Una luz gótica y azulona, nichichanilimoná que diría la meu mara. Y aquí comienzan los problemas formales que esta narración implica. Porque originariamente la palabra que había escogido para definir esa luminiscencia era tumescente. Pero resulta que tumescente no es esa luz impalpable que yo trataba de describir sino que es sinónimo de hinchazón y no hay nada más lejos de mis intenciones que describiros un armario blando y regordete. Absurdo.


El problema es que mi yo racional es de natural endeble y no le duelen prendas en dejarse ganar por cualquier locura de medio pelo que sepa bailarle el agua. ¿Cuales serían las razones que podrían justificar que aquel mueble presentase una semblanza tan grotesca.? Hosti tu una riada. Una riada en un punto indeterminado de un continente arrogante y hostil a las aguas, que mira con el ceño fruncido esas nubes negrísimas que se estan haciendo fuertes en el odiado cielo hasta que le explotan en la cara y arrojan sobre su lomo diluvios y otras pataletas bibilícas. Luego ya se sabe, edificaciones construidas sobre lechos de ríos olvidados que resucitan sedientos de recuerdos y que se llevan por delante todo lo que se encuentran: tenderos que no dan a basto con tantas sábanas, cables de luz que no dejan de soltar chispas por la boca, bicicletas que pedalean solas y embarrancan sobre arrecifes de caucho y gasolina. La boina del tío Gervasio y las zapatillas de su nieto Nicanor. Una copia de la Historia de Herodoto le dice al rio que nunca es el mismo, que siempre cambia y deja tras de si un rastro de lágrimas negras, que siempre son las mismas, que nunca cambian.

Y es que el agua, que tan gentil y cristalina puede mostrarse, cuando se pone turbia no le duelen prendas en entrar en una casa cualquiera y arramplar con todo incluso con el armario isabelino que decoró los palacios mas chic de los siglos distantes. Un armario errante, el más temido de los siete mares, que se recorre el mundo a lomos del mar y que echa en falta palabras para contar sus aventuras: el olor de las especias de las costas de oriente, las chalupas de los Pueblos Tristes en pos de las Tierras Alegres, el mar de fuego en el que, a pesar de sus prejuicios prejuicios madereros, se zambulló en Santorini cuando al sol le dio por atardecerse. Un armario que se orilla en Trachimbrod, y estibada por quien sabe quien, se cuela en una cabaña cualquiera despojado por fin de sedas y carmines, y que se muestra tumescente y también ambarino a aquel que lo abre.

Preo ya basta de contar insensateces. Por que poco despues de abrirlo he desaparecido, de Trachimbrod, y he aparecido, en otro sitio. Y creo que debo contarlo, pero no ahora, que tan cansado me siento, sino después, que igual recupere el tono y me deje de gilipolleces.

sábado 13 de junio de 2009

Periplo (II)

Sentado en el camastro aliso la nota con el puño. Descubro una letra menuda, las letras se avalanzan las unas sobre las otras y se apresuran a contar una historia ciertifalsa. A modo de diario el papel, amarillento y pergaminoso, dice:

1/2 D - Gracias al cielo hay un lápiz. Y una hoja.

1D - Hace tiempo yo dormía en una habitación con una puerta. Si la abría veía el recibidor, si insistía en la apertura llegaba a un rellano con otras tantas, la del ascensor, servicial, invitaba a atravesarla con tan solo pulsar un botón. A casi todos nos basta con atravesar dos o tres umbrales para llegar a la calle llena de aire libre y de prisa, para escapar de las prisiones, para regresar a ellas. Nunca pensé que lo echaría de menos. Aquí solo hay dos puertas. Un armario. Una salida. Y para ser sinceros, trato de colocarme lo más lejos que puedo de sus promesas.

2D - Aquí es fácil abarcar el mundo. Todo se reduce a una ventana ciega que no mira a ningún sitio. Al menos yo no veo nada. Debajo hay un fragadero que está sobre una encimera que hay sobre unos estantes que descansan sobre un suelo. Encima está el cielo y también es de madera. Como la silla, la mesita, el somier y el armario críptico. Solo el libro es de papel, las mantas son de lana, el colchón de gomaespuma quizás. De que estoy fabricado yo, de que esta hecho el reloj de pared que siempre marca las ocho son cosas que no sabría decir. O si sabría decirlas, pero no podría prometer que es así. O si podría prometer, pero es posible que perjurando, y yo ya llevo demasiados pecados en mi haber como para seguir jugando con fuego. Nunca mejor dicho.

3D - Soñé que soñaba que estaba soñando. Solo me desperté dos veces y ninguna de ellas me sacó de la cabaña.

4D - Se cuenta (pero Dios es más sabio). Sherezad apura las noches del sultán. No se cuantas han transcurrido aquí. Allí ya fue la última. Nostalgeo un rato antes de regresar a la primera. Se cuenta, (pero Dios es más sabio...)

5D - No tengo hambre (ni sed, por supuesto). Tampoco tengo miedo. Recuerdo (aunque empiezo a olvidar que en aquella habitación con puertas las cosas no eran así. Igual que los reflejos de los espejos tergiversan el sentido y la dirección sin advertirlo, los recuerdos y la realidad se mienten sin aparentarlo. Se viceversean. Nota: tengo que dejar de manipular palabras.

8D Por ejemplo - Cuento las gotas que resbalan por el sumidero. Me quedo tendido boca abajo, sin dormir, sin pensar. Concentro toda mi pasión en rascarme el tobillo, en un eructo melancólico y en lograr de una vez por todas hacer el pino puente sin joderme la médula.

9D Pom pom - Alguien ha golpeado en la puerta desde el exterior si es que aquí hay exteriores. Si se da por supuesto que debo contestar, incorporarme o acción análoga, aviados andan. Este sitio será todo lo monótono que tu quieras pero cada cosa tiene su sitio y si no me gusta, lo cambio. Más alla de lo inmediato cualquier cosa se antoja, en el mejor de los casos, terrorífica.

11 D - Se repite el repique. Se repite el silencio. Cuando escucho la llamada, las manecillas del reloj se relajan y adelantan un minuto. Cuando comprueban que sigo imperturbable regresan a su horario de oficina

17.895 D - Han pasado esos días. O más. O menos. El tiempo es caprichoso si el sol u otros aparatos no le cuentan los segundos.

Pi D - Al principio era Ella y después también. Y luego y mas tarde y al final. Y hasta aqui la Biblia nueva y eterna, versión comentada. Más de un versículo me suele dar fatiga...

Otro D - Hoy por fin he abierto la puerta. El armario es....

Las letras se arrojan por el borde del papel dejando tras de si un reguero sanginolento de tinta. No puedo reprocharlas su ambición por despojarse de significado pero su capricho entorpece mi comprensión. Arrugo de nuevo el mensaje que agradece el gesto. Lo guardo en mi bolsillo zurdo y me quedo un rato en stand by a ver si se me ocurre algo. A ver yo se que momentos como este parezco tirando a perturbado, pero tampoco puede decirse que esté mal, no es regular lo que estoy, quizás podría valer si afirmase que ni fu ni fa. Más bien fi. Pero hay una cosa que estoy dispuesto a asegurar: por las salidas se sale, por las entradas se entra aunque seguro que habrá alguien que lo contrario.

Lo primero ya lo conozco. Lo segundo me da miedo. No hay opción y aún así tardo un rato.

Por fin, hoy, he abierto la puerta del armario....

Template Design | Elque 2007