miércoles, 16 de enero de 2013

Bailes

Dime que no

Si

No. Ese no era el trato. Si, es una palabra metálica. Si, podría ser si no me quisieras, pero tu me juraste y me perjuraste que me amabas, así que Si no vale.

Pero es Si y no puede ser no

Te lo imploro. Me pongo de rodillas, lloro si quieres y si aún tienes el cuerpo para jotas y aprovechando la postura te hago una mamada, que eso le aporta un sentido trágico, un sabor aún más salado a la eyaculación, un recuerdo miserable, algo sucio pero inenarrablemente placentero del último si que acaba siendo no, el no que te ruego. O no. Te lo exijo. Te acuerdas. Soy tu esclavo me dijiste, que yo pensé, ay que ver lo anticuado que está este hombre si esas cursilerías ya no se llevan y también pensé, pero un poco si que me gusta que me lo digas. Ahí mismo, tan de pie como ahora, tan dejado y gordo y con los mismos calzoncillos que en este instante. Me dijiste soy tu esclavo. Me lo juraste, quiero recordar. Y cambiate de calzoncillos, imbécil. Mi imbecil...

No lo juré. Sólo lo dije. Te dije, soy tu esclavo. Pensé, soy tu esclavo, pero eso poco importa. Si. Ahora y después es Si.

Pero es que no lo entiendes. Las cosas no son como tu las ves. Las cosas no deben de ser com o yo las siento. No puedo, no puedo y tu no puedes no puedes. Nunca he sido egoista y no voy a empezar ahora a mis años.

Y nunca te lo perdonarás. Y nadie te lo perdonará. Solo los egoistas de vocación son disculpados por los inquisidores. No haremos esto buscando inutilmente la redención. Yo lo haré por tu boca, tu lo harás por mis ojos porque aún así, un no es cien veces peor. Un no es la nada y un Si es un todo, por muy fugaz que pueda llegar a ser. Lo sabes. Si quieres jugamos, pero tiene que ser Si. Y Si será.

Me resisto. Dios sabe que me he resistido. Que he jugado al no. Pero entonces te callas y mi cuerpo se rinde y mi voluntad se abandona. Con un sólo beso me contagias de sies hasta la médula y me contaminas cada parte indecente de mi cuerpo para que asienta, para que te llame y tu acudas. El mundo dice no, pero mi boca no lo escucha. Te quiero. Es lo único bueno que he dicho en mi vida y aún así nunca te lo regalo. Te quiero, te quiero. Y poco más. Y todo eso. Muera el recuerdo. Lapidemos la conciencia. Tapemos las fotos. Que nadie mire, salvo tu. Me pierdo cada vez que me encuentras....

Juguetea un temprenero rayo de sol con el pulgar de mi piel. Ni yo lo aparto ni el se arrepiente. Descansas a mi vera. Algo animalesco, a veces respiras y otras desprendes sonidos que soy incapaz de calificar. Siempre he pensado que hueles como un buey almizclero, que suenas como un buey almizclero hasta que recuerdo que no se que es un buey almizclero ni mucho menos cómo debe oler eso.

Sonrío porque aún no se ha despertado el mundo. Te doy las gracias por tu Si aunque no te lo reconeceré nunca e incluso sea probable, que algún día, sin venir a cuento, te lo reproche.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Anaqueles

Teníamos una estantería y muchos libros. Como forma de empezar un cuento deja mucho que desear, pero como manera de comenzar mi historia no puede ser más precisa. Te conocí (nos conocimos) siete días antes, de encontrar esta casa y llevarte de la mano hasta su puerta. Es algo que debería haber hecho cientos de años antes, pero por cosa de limitaciones temporales y demás mierdas, por absurdos temas de bautismo, de muerte, del libre albedrío de dioses sin dientes, carcomidos por el mal de su soledad perpetua, chochos, succionadores de la sangre de pobres mortales como tu y como yo, no pasó. Imagino y callo. Imaginar es el primer paso hacia la locura. Cuando imaginas, ver resulta tan insuficiente que no quieres volver a hacerlo. Te vuelves ciego. Bendita ceguera.

Anyway (debería plantearme seriamente entablillar mi mente y dejarla quieta), teníamos una estantería y muchos libros y cuando acabé de montarla, la única diferencia con el principio estaba en el adjetivo. Había una estantería llena y muchos libros huérfanos. No te importó, dijiste. Aprovechemos la erección, y yo, que siempre admiré tu sabiudría y la firmeza dede tus tetas, musité, aprovechemos, aprovechemos. Dijiste más cosas, pero quién las recuerde, que reciba la primera piedra, tan desnuda como quedaste. Asistieron los libros al espectáculo con leve encandilamiento, con el Lazarillo dándome capones y Humbert Humbert sin dejar de mirarnos, tan líbrico como siempre. En cuanto a lo de si era de noche o de sol, la verdad es que no lo tengo claro. Solo se que cuando pasó el tiempo de los espasmos y asistimos el de las caricias de la seda y las yemas de los dedos, mi espalda, tan lejos de tí, se quedó seca y mis mejillas, tan próximas, no dejaban de empaparse.

Muchos muchos eran los libros amontonados, tantos que nos mecían con su sombra, demasiado alargada me temo. Libros de los tiempos que la memoria no recuerda, de pagínas de madera para evitar que el niño que eres y el salvaje que apuntas, no destruya la civilización. Libros de colores estridentes leidos y releidos más veces que ningún otro de los que pase por tu vida. Libros de aventuras y de misterio para cuando tu imaginación aún puede seguirles el rollo. Libros de colegio, de bordes renegridos y portadas resquebrajadas, subrayados, mancillados por todas partes. Maria Antonieta con bigote y Hitler con cuernos, mientras Gandhi se lía canutos y Fernando séptimo asaba pantalán. Hay que ser un miserable para deshacerse de las historias de Roald Dahl y no me veo capaz de arrojar al pozo de los deshechos la cordera de la que nunca podré despedirme, pensaba mientras lo posaba en la segunda balda de la segunda estantería que monté. Demasiado dijiste cuando entraste, no?. No. Pero no lo dije. Sólo no entendí por qué habías dicho eso. Cuando terminé de colocar todos los libros otros tantos inisitían en amontonarse por el suelo, en colarse por las rendijas, en esconderse debajo de tu almohada y en tu cajón de los calcetines calentitos. Esta vez no hicimos el amor. Estaba enfadado contigo. Estabas indiferente a mí. Ya te había perdido supongo pero nunca fui muy bueno en adivinar los finales de las historias de detectives.

La tercera estantería la llené  libros de arquitectura de interiores, diccionario de sinónimos y antónimos, glosarios de comics, fotocopias encuadernadas de los libros de la facultad, páginas amarillas, blancas y azules en las que rodeaba con un círculo los diferentes teléfonos desde los que pude haberte llamado sin hacerlo porque por aquel entonces yo era era lo suficiéntemente imbécil como para no conocerte.  Catálogos de juguetes de algunos años atrás. Anuarios de periódicos que habían cambiado de ideología una vez al mes y que en gosto se convertían al catolicismo. Álbumes de cromos de futbol de la temporada 86/87, con los nombres de los jugadores de mi equipo tachados en un arrebato de rabia porque ese año tuvieron la ocurrencia de joderme la vida descendiendo, cuando el fútbol era futbol y las pesadillas duraban sólo una noche..

Puede ser que escuchara tus suspiros, pero los martillazos que preciso el montaje de la cuarta estantería lo amortiguaron todo. Desatado di cobijo a la chusma literaria en la que los machos de terciopelo con los que gemía Corín Tellado eran acribillados a balazos por libros del oeste firmados con seudónimo. Dan Brown, Stephen King, John Greesham, pugnaban en brillo y tamaño en volúmenes de tapa dura destinados a perdurar en el tiempo, junto con las cucarachas, las ratas y los revestimientos de poliespán. Códices templarios en los que los secretos de la humanidad más ocultos eran expuestos a la opinión pública sin ambages y sus relaciones secretas con habitantes de otros planetas. Libros de un euro, comprados en librerías de viejo, apolillados igual que los sueños de los que los escribieron, jovenes promesas que jamas cumplieron lo que prometieron ni pudieron escribir un segundo para resarcirse de los disgustos de su primogénito. Manuales de cocinas del mundo,
álbumes de fotos de la boda de dos novios a los que nunca conocí y que parecían felices antes de acabar en en una manta de un rastrillo de mala muert. Muestrarios de alfombras.

Y el Poeta en Nueva York.

Lo miré. Lo miro. ¿Sabes?. Nunca se lo he dicho a nadie, pero odio profundamente el Poeta en Nueva York. No entiendo al Poeta de los cojones ni me queda claro qué hace en Nueva York. Y me giro. Y te busco. Y no estas. Lorca estaba loco, ¿sabes?, pero tu ya no sabes, ni entiendes, ni ves si lloro o no dejo de reirme. Lorca estaba loco, Lorca estaba loco, repito. Déjame decirte una cosa por favor, una última cosa y no me vengas con idioteces como que te has ido o me has abandonado. ¿qué clase de excusa de mierda es esa para no atender a lo que te digo?. Yo hago esto porque Federico estaba loco y porque a tí se te olvidó convencerme de que yo no tenía por qué seguirle la corriente. Los libros me quieren, me abrigan, me acurrucan, y no como tu, pequeña zorra, que aprovechas que no tengo claro que es lo que ha sucedido estos últimos días, que ando algo confuso y tengo la vista ligeramente embotada como para irte, sin un adios, sin un aur revoir, sin un portazo. Zorra. Más que zorra. Mi querida zorra. Vuelve zorra mía, y te explico el Cuaderno en Nueva York. Y te bajo las uvas de la parra y te las pongo entre los labios y te cuento una historia las noches que tu me digas con tal de que me cortes la cabeza en cada amanecer y me la devuelvas limpia y llena de tí a la hora de la siesta.

Pero no. No me emboliques. Los l-i-b-r-o-s custodianen cada página la vida que viviste en ellos, cuando los leistes, mejor que cada foto, mejor que cada recuerdo que el tiempo m-a-s-a-c-r-a, Y añun los que no leí, casi todos ellos, me dicen, me cuentan, me juran que si les miro sus vergüenzas, que si les saco de su nicho de polvo y telarañas, de su maldita muerte, despertarán las partes necrosadas de mis sentires, se plantarán ante mi yo angustiado y le dirán, levantate y deja de dar el coñazo. Esas cosas, cariño. Necesito a los libros. Necesito que absorvan el ruido de ese mundo exterior donde hace tanto frío, que se beban el viento y se empapen de nieve. Por eso erijo otra y otra estantería y me voy a los depositos de papel a recoger cualquier cosa que se haya escrito y voy llenando de forma compulsiva cada uno de los nichos en los que se van muriendo mis ganas de vivir. Ellos fueron los que se llevaron el ruido de la puerta por la que salió tu perfume y tus ganas de reir a las que estrangularon mis ganas de estar loco. No lo oí entonces, sólo lo escucharon ellos, y se lo guardaron entre sus dos páginas del medio, para no hacerme daño, mientras me cantaban nanas y me arrullaban con sueños que no hablaban de tu ausencia.

Y dejo toda esta miseria y esta mierda que no se contar escrita en unas hojas que abandono por debajo de la puerta de salida. Es tarde ya para rogarte que no las leas pero no para decirte que no cometas la estupidez de pensar que hay algo de interés en los libros. La única salvación posible está escrita en sus ojos, el único final coherente, la última historia.

Sobre la puerta monto la última estantería. No ahorro en clavos. Allí pongo los  Libros de Horas del Monasterio de Amianto encuadernados en piel de cordero y solo apto para fascistoles y demás megalomanías conventuales, la Compilación Justinianea en Latín, Griego y Euskera. Una primera edición de las Tablas de la Ley y el libro de condolencias del funeral de Lola Flores.

Me siento. Enciendo la luz. Abro el Poeta en Nueva York por su primera página.

Asesinado por el cielo...






lunes, 23 de abril de 2012

Juramentos

Llora. Mi hijo llora. ¿Qué clase de padre no tiene ni idea de qué decir?. Yo. Yo soy esa clase de padre. Yo, el genocida. El hombre mareado. El esclavo del miedo. Yo, el padre de un hijo que llora.

Hijo

Comienzo, para darme un paréntesis y que surjan las palabras de la nada. Hágase la luz y el sonido ilumina todo. Así debió de sentirse Dios cuando todo era silencio.

Hijo hay una cosa que no te he dicho que me lleva a decirte otra cosa que tampoco te he dicho nunca. La primera es que soy un cobarde. Y la segunda es que soy un cobarde porque jamás me atrevía  decirte que este mundo del cual soy culpable, es terrorífico. Asusta en cada segundo y aterroriza cuando el resto de manecillas se mueven. Es una mierda. Quizás sea nuestra mierda. No se. Pero hay otra verdad que tampoco te dije nunca, se ve que tenemos un problema de comunicación. El mundo es maravilloso y basta con abrir los ojos para darse cuenta. Las dos verdades son sinceras mientras mienten. La única clave es recordar lo segundo cuando no hay luz y olvidar lo segundo cuando todo es sol.

Es curioso. Mi hijo dejó de llorar pero no creo que entendiese una mierda de lo que le estaba diciendo. Apenas tenía dos meses. Quizás las caricias que mi mano le hacía en la tripita fueron suficientes.

martes, 3 de abril de 2012

Qué eres

Qué eres, me dice

Es curioso cómo es el lenguaje. La persona dice una cosa distinta de la que quiere decir y tu le respondes a lo que quiere y no a lo que ha dicho. Pues claro que no quiere saber qué soy ni yo se si se lo quiero contar. Ella está preguntándome a qué me dedico, y eso y lo que eres todos sabemos que no son la misma cosa. Pero el lenguaje es así. Nosotros somos así.

Soy actor.

La respuesta es inmediata. El proceso mental es un recurso estilístico que no se da en la vida real para evitar silencios incómodos. Qué eres. Y tu dale que te pego con cuatro líneas de pensamiento, respondiendo a los diez a los quince segundos, tal vez la mirada perdida entre medias, pareciendo más idiota de lo que eres en realidad. Soy actor y ya está. Sin pensamiento. Sólo palabra.

Que guay. Sales en alguna película?

Por supuesto que no insensata. Los actores de verdad vivimos en los casting que nunca verás. Almas en pena de una cola en otra. Los mismos rostros. Los mismos no se, yo creo que bien. Idénticos fatal, me ha salido de pena. Los que salen en las películas son unos farsantes. Los que salen en las películas son unos pelotas de mierda, unos enchufados, unos hijos de puta, unos chupapollas. Al menos eso nos decimos en los castings entre sandwich de jamón york y fantas de naranja. A veces, pocas, algun actor se convierte en un farsante, deja de comer sandwichs de jamón y no volvemos a verle. Esos son los peores de todos. Todo lo contrario a un actor. Porque yo soy actor. ¿Te lo he dicho?. Y no no salgo en películas. Salgo en bares, a veces me dejo ver en los charcos y en miradas como las tuyas. Poco más. Por eso soy actor. Cuando me preguntáis eso yo respondo

Conoces a Tarkovsky.

Es para desconcertar. Seamos serios. Ni Dios conoce a Tarkovsky y Tarkovsky tiene apellido polaco que queda muy interesante si no te has dejado caer por alguna de sus películas. Suena a arte y ensayo y el arte y ensayo suena de fábula cuando no te gusta el arte y ensayo. Nadie es tan imbecil como para declararse fan irredento de Cameron Diaz en la primera conversación. En la primera conversación todos somos ineresantes. Nos gusta el arte y ensayo, los documentales de la dos, el coloquio de Garci si me apuras. Da igual que no te hayas pasado por una sala de versión original en tu puta vida que tu vas a ser un fanático del idioma nativo de los actores como única forma de expresión plausible. Se trata de embelesar, las verdades se dejan para la mañana siguiente, o para nunca.

Salí en una película de Tarkovsky

Alguna vez me ha pasado que saben quien es Tarkovsky. Mala cosa. Pero a Tarkovsky solo lo conocen los gafapasta y a los gafapasta se les ve desde lejos. NIngún gafapasta te diría qué guay porque un gafapasta sólo cree que es guay lo que está escrito en checo y no diría guay de ninguna de las maneras, primero porque no piensa de nada en el mundo que sea guay (ni siquiera lo checo. Kafka era un vendido de mierda y Max Brod un capitalista nauseabundo) y segundo, que si por alguna paradoja del destino le diese por pensar de algo que es guay, no lo confesaría, ni siquiera así mismo. Antes se corta las venas y deja una bonito y pútrido cadaver que decir o pensar, qué guay. Cosas del lenguaje que decíamos antes. Tan humano como cualquiera de nosotros que decíamos ayer..

Como mola. Y que tal. Salía alguien famoso?

Salía yo, no te es suficiente

Y ella ríe

Si esto no fuera una discoteca, sin todo este ruido, sin todo este retorcerse, este pelearse por todo: por el espacio, por el tiempo que se escapa, por un sitio en la barra, por un lugar en el baño, por estar cerca de tí que ríes podría aprovechar para decirte que es lo que soy. Porque todo esto empezó con un qué eres, que quería decir otra cosa por lo que habíamos comentado del lenguaje, pero yo no me he ido de esa pregunta que es tan importante a pesar de que a tí lo que yo pueda ser no te quite el sueño. El problema es que soy lo que ves. Soy actor, indudablemente. Soy guapo, por muy mal que esté decirlo y soy simpático por muy mal que esté insistir en ello. Nada más. No sirve para hacer películas pero algunas noches es suficientes para que chicas tan bonitas como tú se interesen por tan poca cosa como yo, para permitirme acercar mi cabeza al lóbulo de tu oreja mucho más de lo que el decoro aconseja, para que tu me roces la mano distraidamente y deje allí tus dedos el tiempo suficiente para que mis torpes manazas atrapen a las tuyas. Que soy cariño. Soy tres palabras. Te basta un suspiro para llamarme y una mañana para descubirme. No te daré esa oportunidad, no te preocupes.

Vámonos de aquí.

No se quien lo ha dicho, igual has podido ser tu que yo, los dos pensamos lo mismo. Los dos no miramos la calle mientras la atravesamos. Vamos a hablar de cosas que sólo suenan y no mojan. Hablamos de pelis. De una danesa que tu viste una vez y que a mi también me encantó a pesar de que no se de que película me estas hablando. Hablamos de anécdotas de casting que a mí me contaron, de actores de verdad, de lo que se mete tal y cual actor (me refiero a los farsantes) a pesar de que no tengo ni puta idea de que se meten o se dejan de meter. Lo suficiente como para engañar a los sentidos hasta el portal que quede más cerca. En tu casa o en la mía o en tu hostal o en mi hostal. Lo mismo da. En unos se puede gritar más, en otros se debe gritar menos, nada más. Te beso. Me besas. Los besos se confunden y ya no son de nadie. Ni siquiera nuestros podría decirte, pero ahora te estoy besando y cuando beso ni pienso ni digo trascendencias. Sólo cuando escribo y sueño con besarte otra vez.

Reviéntame.

Hace tiempo que estamos empalmados, que tu estas desnuda, que la cama está deshecha (las más de las veces ya lo estaba antes de entrar en la habitación). Y ahora me dices eso. Otra burla del lenguaje. No quieres que te reviente. Quieres que te la meta hasta el fondo, que te penetre sin remordimientos. Quieres que te de muchísimo placer, que la noche se pase y no llegue el recuerdo. Lo que todos, vestidos o desnudos de día o de noche, pero sin sangre, sin huellas ni cuerpos dibujados en el suelo. Que más da. Creo que me valoras en mucho más de lo que merezco, pero yo hago lo que puedo, a veces mejor y otras, pues bueno, otras no.

Te quiero.

A veces lo digo. Otras no soy tan cabrón. Ha sido increible. Me estoy pillando de tí. Tenemos que vernos mañana. Cualquiera de estas, dichas sin un orden aparente y ningún tipo de lógica. Da igual porque tu ya no me escuchas. A ti el arte y ensayo te la pela y el existencialismo es una palabra demasiado larga como para intentar pronucniarla. Pero yo a lo mío, a a lamerte el cuerpo a palabras. Impedir que la mañana nos aplaste, cuando el sol despiadado nos muestre cómo somos. Tu también me dices cosas parecidas, mientras te deslizas hacia el sueño y empiezas a olvidar cómo me llamo. Cuanto frío hace después de amarse, pienso mientras te apoderas de la manta y me dejas inmensamente desnudo, tan lejos de tí. Me levanto, me asomo a la rendija de uno mismo que es un espejo y me contemplo mientras duermes. Te quiero. Te amo. Te adoro. Se la madre de mis hijos, la dueña de mis sueños, el principio y el final, la causa y la respuesta. Despiértate. Abrázame. Aleja de mí este yo que me devuelve la mirada. Te diría todas estas cosas y las sentiría en cada una de mis palabras.

Qué eres me preguntabas anoche.

Soy actor te respondí, y aunque fuera de noche, aunque fuera ayer y no hoy cuando lo dije, era verdad.

martes, 12 de julio de 2011

Silfos

Allí. quietecita en un banco. Algo de viento. Yo.

Me encanta ver morir a los veranos. Los arrincono en el último rincon de mi armario, al lado de las camisetas de tirantes y con una rebequita de entretiempo por bandera, me marcho a la ribera del parque, al funeral de las hojas, a la mayor de las soledades y aguardo a que nunca pase nada. Salvo hoy que pasa él y me gusta, para que vamos a engañarnos.

No me lo reconozco de primeras, no soy tan fresca. Primero pienso que tío más desastre porque lleva uno de los bolsillos del pantalón por fuera, porque la camisa se le amontona sobre el cinturón y porque lleva las gafas sucias y torcidas. Luego le miro mejor y creo que es muy feo. El, el último habitante del verano, no se da por enterado, se me acerca, se me arrima, agacha la cabeza y me dice. Te importa que me siente a tu lado?. Miro a nuestro alrededor (ya uso el nuestro, tonta de mí) y asisto al desolador milagro de los bancos vacíos, de las sendas desiertas, de los columpios oxidados. Lo pienso mejor y pienso que no es tan feo. No se si le he dado permiso pero el se sienta. Y me mira. Y sonríe. Y me coge de las manos el caradura y yo, con el verano escurriéndose entre mis dedos, me derrito. Me sobra la rebeca. Me sobra la camiseta. Me sobra la piel, que no es mía en esa tarde, que es de él. Y tiemblo.

Que tal estás, dice como si con eso quedase arreglado todo y todo se arregla (me besará, se que me besará, por qué no me besa). Y no contento con eso, me aparta un mechón de la cara aunque le tengo dicho lo que me jode.

Sabes que me jode, digo, muriéndome por que me lo vuelva a hacer.

Y el se aparta. Trato de detenerle en vano. Le decae la sonrisa. Es curioso pero creo que las gafas están más rectas. Por favor, vuélveme a apartar el mechón, que se ha vuelto a caer. Pero como no lo digo no lo oye. Todo son excusas.

No puedo volver. Sabes que no puedo volver.

Siempre dices lo mismo y siempre vuelves.

No. Nunca he vuelto. Ahora mismo estás sentada en el banco más solitario del mundo, con el culo mojado y muerta de frío, imaginando que yo he vuelto, que me enderezas las gafas, me metes el bolsillo y me alisas la camisa. Que me oyes decirte que no voy a volver. Pero es mentira.

También me joden las verdades.

Y a mí no poder volver a quitarte el frío.

Asusta el viento contra las hojas. Ella se levanta, arropándose, heladas las manos y despellejadas las mejillas y se marcha. Dice algo, tan quedo que ni siquiera ella consigue oirlo. El parque se queda vacío.

Es otoño.

jueves, 10 de febrero de 2011

Japón

Por qué me meteré en estos embolaos es uno de los lemas de mi vida. Lo llevo tatuado en chino en la parte más carnosa de mis antebrazos. Me dolió lo suyo y me costó aún más y desde entonces tengo la desagradable sensación de que mi cuerpo dice algo distinto de lo que mi mente cree. El tatuador era un hombre inquietante, orondo como un pavo, y que no llevaba un solo tatuaje en sus carnes esponjosas. Si no llega a ser por los ojos rasgados no me hubiera creido que era chino y si no llega a ser porque en aquella tienda no había nadie más tampoco me hubiera creido su oficio, que más encajaba en el de buda reencarnado o benedictino bonachón. El hombre sin más palabras que sus silencios atendió a mi petición y dejó escritos tres caracteres. Ni siquiera hacía ruido aquella máquina tan llena de agujas y yo me sentí más incómodo por la ausencia de sonidos que por la lacerante impronta o el sangrante precio.

Sin embargo cuando ya había salido de allí y estaba contento y el sol regresaba al mundo de los vivos tras muchos días de absentismo, en el reflejo de un charco o en la sombra de un escaparate (no recuerdo muy bien) en el que también estaba yo del otro lado, me pregunté, en este o en el otro (tampoco lo se), lo de cual de los dibujitos del tatuaje representaría el signo de interrogación de mi dilema. La segunda pregunta era si con lo educados que son, los chinos preguntan o, lo que aún resultaría peor, si saben preguntar. Y cuando el gallo cantó por tercera vez, por tercera vez dudé y me pareció improbable que los chinos tuvieran un carácter para expresar el término embolao . Y eso me jodió el día. Por la noche, masticando algo que no sabía muy bien y que quería ser mi cena, trataba de convencerme de que ellos tienen que preguntarse cuántos pueblos quedan o si son o no son y tendrán que éxpresarlo de alguna forma cuando de escribir se trate. La gente tiene que saber que dudas para tener claro que existes y eso tiene que ponerse en algún lado, debe de haber algún signo ortográfico que lo aclare, es algo sin lo que la civilización no puede concebirse, coño. Si no hay signo de interrogación no hay pregunta solo afirmaciones y si aquello afirmaba algo lo más probable es que proclamase lo idiota que yo era. O algo peor. Podía desvelar mis secretos menos confesables, mis pensamientos más humanos, mis planes de conquista del mundo..... Terrible en cualquier caso. El miedo paralizó mis miembros (todos ellos) durante semanas. Cada vez que me cruzaba con un ciudadano de Oriente, me quedaba quieto, comenzaba a sudar y me los quedaba mirando sin recato, buscando ansiosamente cualquier asomo de burla en sus ojos. Lo más que encontré fue miradas hostiles y gestos de protección hacia sus pertenencias mientras huían apresuradamente. Luego todo aquello se esfumó. Fue comiendo una tortilla o subiendo al tren, pero desde entonces ya no me importaba y pude volver a mirar mi cuerpo desnudo en el espejo. Eso sí, volví a que me pusieran un signo de interrogación, para que todo quedase más claro por muy occidental que quedase la cosa. Por qué me meteré en estos embolaos preguntaba mi cuerpo. eso digo yo, respondía mi mente.

Y todo esto lo digo para explicar sin dar explicaciones por qué aquel día cogí una cámara que había encontrado por algún recoveco de la isla (una de esas antiguas, negras, con un ojo insolente que no deja de mirarte por mucho que la cubras con un trapo, con un preludio del flash en su parte superior, pesada y cuentista) y me sumergí en un pozo que encontré en otra parte. Con su brocal y su cubo y unos agarraderos de hierro herrumbrosos que descendían desde su boca. Con el único propósito de hacer dos fotos desde su parte más oscura. Una con flash. Otra sin él. Y ver lo que esconden las tripas del mundo y si aquello tiene remedio. Sólo eso. Sin complicarse la vida.

He de desmentir que se tratase de una acitud irreflexiva o temeraria, pues hice de la planificación una forma de vida, un dios de las mañanas, de las tardes y de las noches, de los días siguientes, de las semanas por venir, de los meses que no han llegado. Para empezar, a falta de mochilas, esquivas ellas en la soledad de las ínsulas, y teniendo la necesidad de ambas manos para descender por la escala, estuve varias noches tratando de amarrarme a la espalda la dichosa cámara de fotos. Érase una vez un torpe que naufragó en una isla y al que los pájaros contemplaban abochornados como intentaba una y otra vez que aquel armatoste del infierno se le quedase quieto entre sus hombros. En una de esas, lo logró. Nada había cambiado respecto de las anteriores, sólo el azar. Se quedó quieto, asustado y luego comenzó a bailar, sin que se se le cayese ni el susto ni la cámara. Si salgo de esta, monto una tienda de deportes, pensé embriagado de gloria.

La otra medida de seguridad que adopté fue lo de la tirar una piedrecita para calcular la profundidad del pozo. Medio día, y media tarde y una noche entera después, no hubo ni un mal plof que echarse a la cara. Eso acongoja un poco, las cosas como son, pero pronto se me ocurrieron ideas piadosas con las que consolar mis nervios. Por ejemplo, ¿y si el fondo del pozo tiene un revestimiento de gompaespuma de propiedades aislantes sin par que no devuelve eco alguno? ¿y si allí abajo crece una especie desconocida de planta carnívora a la que Darwin obligó a alimentarse de piedras y monedas de otros países ?. ¿Y si no es plof si no ay lo que se ha escuchado y esperando uno no capté el otro?. ¿Y si olvidé tirar la piedra?. Todas ellas me inquietaban por igual pero todas ellas me valían para continuar con mi empresa. Y de todas formas un pozo infinito no cambia las cosas, si acaso, las hace un poco más largas. A decir verdad sólo temía dos cosas; que me diese por resbalar y no contarlo o que cuando saliese el destello de luz de la foto alumbrase por un instante la silueta de un hombre. De la primera me reconfortó pensar que estaba escribiendo esto en pasado y que mal se tenía que dar para no salir vivo sin contrariar tiempos verbales. En cuanto a lo otro, me bastaba con que el hombre no fuese igual que yo o que incluso, de ser así, no le faltasen tatuajes, signos de interrogación o pupilas. Con el resto de opciones podría convivir sin dificultades, pensé, mientras me introducía de culo en el embolao, también conocido como pozo.

Un escalón, dos escalones. Abandoné la cuenta cuando llevaba nueve por ser genéticamente no apto para las matemáticas complejas y por llevar los dedos ocupados en tareas no menos importantes como aquella del no matarme. Entre medias un tiempo indeterminado entre un segundo y mil kilómetros o entre un siglo y diez milímetros. Canté un pozo es, un pozo es, un pozo es. Medité sobre cómo cortarme el pelo si aquello se prolongaba demasiado. Me dio angustia descubrir que, así, con tanta negrura, nunca sabría si me había quedado ciego o podía seguir leyendo sin dicultad la letra pequeña del contrato del oculista y llegué al final de mi camino justo en el instante en que dejó de importarme.

Apenas dos dedos de agua helada había allí, lo justo para congelarme los pies, enmierdar los calcetines y chapotear un poco. Dije hola. Nadie me respondió adios y cuando me cansé de hacer el gilipollas deshice el nudo de mi hatillo saqué la cámara e hice las dos fotos. Una sin flash, otra con él. Tiré la cámara, salvé el carrete, suspiré un poco, fffff, me arremangué las mangas de la camisa, me di cuenta de que llevaba camiseta y otra vez en marcha. Ahora para arriba. Un escalón, dos escalones, y luego, vencido en la batalla de los números de dos letras. Un largo paréntesis que ocupé con trabalenguas, acertijos, verdades existenciales, mentiras de estar por casa y todo, la fatiga, la angustia, el hambre, la insuitada sed que puede caber en un pozo sin fin, las ganas de llegar, el miedo de haber llegado, todo ello desembocando irrevocablemente en mi brazo que tampoco sabía por qué me metía en esos embolaos. Llegué arriba, que era como llegar abajo, pero con más luz y menos charcos. Y luego dormí y conté hasta diez. Revelé las fotos al despertar. En una no se veía nada. En otra salía un extraño mensaje que había pintado sobre las paredes de aquel pozo que nunca volví a encontrar. Pedro corazón Marisa.

No se cual de las dos fue la que hice con flash.

sábado, 22 de enero de 2011

Publicistas

De profesión, guapa. Sonrisera, tentadora, sugerente y evocadora. Pluriempleada. En un mismo trabajo, todos los trabajos. Al menos eso dicen las miradas de ellos y de ellas que desean o envidian o desean y envidian excitados y confusas. Las convenciones dirían que sería modelo si fuese modelo. Lo es la chica a la que le hicieron las fotos. Yo soy solo su imagen y vivo en la marquesina de una línea de autobuses de un tiempo a esta parte.

Naci con los ojos a medio abrir y con el cuerpo a medio desnudar. Se me resbalan los tules encarnados por uno de esos cuerpos que marean y solo la pericia de mis brazos evitan que mis pechos sean de dominio público. Más abajo sobre fondo blando reposa un frasco pequeño en el fondo y grande en la foto, poligonal, acristalado. Los ultimos pliegues de mi vestido traidor dibujan un nombre francés. Qué bien tiene que oler Francia.

Brígida. Se llama Brígida, pero le gusta que le llamen Brigitte y solo sus padres osan contrariarla. Sus ojos de mar se galernan cuando los cielos le llevan la contraria. Y solo cuando duerme, los océanos se aplacan y se refugian tras unos párpados quebradizos, somnolientos y mortales. O eso creo yo porque no la conozco, porque no soy yo ni me parezco, porque ella es hermosa en todas las dimensiones que conocen los hombres y yo solo lo soy en dos. Porque no se a que coño huele el perfume que me da sentido. Lo del nombre lo se por un par de ejecutivos que se me embobaron un idus de marzo, mucho más pendientes de mi carne que de mi espíritu, renegando de cotizaciones y aparcando reestructuraciones de personal. Se llama Brigitte. Brígida respondió el otro y después callaron hasta que llegó el autobús y se les despertaron los sueños. Luego pidieron un taxi y no volví a verles. No pude preguntarles como me llamo yo.

Pienso y no existo y eso me molesta porque no era así como dijeron que eran las cosas. Pase lo de no poder hablar, pase lo de asistir al maravilloso espectáculo de la vida sin que nadie gire la cabeza y te diga si te vienes. Pase que en la otra vitrina de la parada se hayan sucedido carteles de cine con bebes comestibles, ancianos de dentaduras nucleares y mujeres con perdidas de orina. Pero lo que no tiene perdón de Dios, que ya de por si es de poco perdonar, es lo de que seis meses después se me mantenga en este mismo sitio sin que nadie tenga en cuenta que lo que quedaba sexy en abril da un frío insoportable en diciembre y que nadie sale semidesnuda a la calle por muy buena que se esté sin el galante abrazo de un abrigo que reserve las tentaciones para habitaciones con calefacción y camas con mantas.

Y el remate fue en noche vieja cuando aquellos operarios se trajeron al hombro como en tantas ocasiones un compañero de fatigas que resultó ser la foto de mi vida. Aquellos hombres taciturnos de países lejanos y uniforme azul desplegaron ante mis entrecerrados ojos al más azul de los príncipes que los cuentos de hadas no se atrevieron a contar, con su vientre olímpico, su sonrisa de plata y aquellos hombros atlánticos que de grandes no cabían en el cristal. Por que Andersen necesariamente tuvo que pensar en efebos como este cuando se puso a imaginar maneras de despertar a princesas perezosas o a príncipes traviesos.

Lo que es yo, supe nada más verla que en aquella mirada se escondían todas las chimeneas del mundo y se me calentaron los ojos y otras entrañas (que no los brazos) y me enamoré como una tonta, que para las cosas del amor lo mismo da ser plana que voluminosa. Lo suyo eran los calzoncillos. Lo mío, los aromas. Aquello tenía que funcionar y nunca podrá nadie echarme en cara que no lo intentase. Primero fueron tímidos parpadeos que casi parecían un tic de lo leves que se insinuaban. Después fueron ostentosos guiños envueltos en pestañas. Golpee el cristal con mis nudillos de porcelana y le di la espalda por despecho. Nada. Luego vinieron las armas de destrucción masiva y una noche, sosteniendo mi descaro por las tinieblas, deje que mis brazos por fin dejasen de hacer de percha. Cayo el vestido sobre el frasquito de perfume y sobre un fondo blanco que resaltaba que estaba morena pese a no haber recibido gota de sol en mi vida, traté de ser la mujer más guapa del mundo en la noche más fría de la historia. A el no se le dilataron las pupilas y a mí no se me enardeció el pecho. Llore como una tonta, recogí mis ropas ultrajadas y llore sobre el frasco. Se apagaron los colores. Se oxidaron los dorados.

Si ya lo sabía entonces por qué lo hice. Pues porque saber nunca es suficiente, porque detrás de las mentiras se esconden las verdades y mas vale ciento volando que una en la mano. Sin más público que los murciélagos y la triste silueta de las farolas, salí de mi jaula de oro y muerta de vergüenza, bidimensional y desropada, me acerqué hasta aquella sonrisa tan falsa como las fábulas y besé sus labios de cristal. Y estaban muertos solo porque nunca habían vivido porque por lo visto, solo las fotos pueden ser más frías que el invierno. Yo que nací con el corazón aplastado además tuve que escuchar como se rasgaba. Dos pedazos de papel grana quedaron expuestos al capricho de los vientos o de los barrenderos . Los que miraron mi anuncio a la mañana siguiente encontraron una vestido arrugado, un perfume gris, unas letras sin lustre. Las perdices durmieron tranquilas esos días.

Vine a tu isla. Hace calor, aunque el frío no se quita…

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