Caracoles
Y a pesar de todo, no estoy solo. Nadie lo está del todo. Tenemos nuestra sombra, nuestro reflejo, nuestra conciencia, nuestro dolor, nuestra alegría. A veces siendo solos, somos multitud.
Pero yo no me refiero a eso. Yo me refiero a las islas que flotan sobre el mar los días en que la niebla se levanta. Son millares y tengo la sensación (tengo la certeza pero no quisiera ser demasiado categórico) de que cada una de ellas vive habitada por su propio náufrago (a veces por una pareja, otras por un club social, en algunas puede que haya hasta un continente entero de náufragos deseosos de desearse y de darse muerte). Tengo tiempo, todo un prólogo de la muerte, para contarlas una a una y describirlas tal y como yo las veo, envolverlas en mis mentiras para mostrar su verdad.
Pero para que describirlas todas si es suficiente con describir una sola.
La isla.
El lugar en el que me gustaría vivir.
Es una isla pequeña. Es una isla coqueta y toda ella es síntoma de una mujer.
No sabe de volcanes. Tiene colinas. Dos. Tan suaves como los cielos antiguos. Tan hermosas que no se como coño terminar la comparación.
Tiene cavernas donde las voces se esparcen como lamentos y los fantasmas campan a sus anchas. Sobrecoge si, pero para ser sinceros, es imposible no querer sumergirse.
Tiene copas de árboles rizosos sobre las que descargan las tormentas más terribles. Después de la tempestad viene la lágrima y la isla se queda vacía y temblorosa. Dios, que isla tan bella.
Tiene la isla rincones creados para la desnudez y el sosiego. El sol inunda esos paisajes. No hace calor cuando llega el sueño.
Y el mar se detiene en sus orillas. Y el cielo se maquilla en su espacio aereo. Y yo quisera ser omnipotente para abarcar todos sus misterios. Pero no soy dios sino Pequeño y me basta con quedarme a vivir allí algún día (más mañana que al otro)
A veces pienso en coger una botella y pedirla que me deje ir. Igual va y me contesta y me dice que vaya. Todo es cosa de probarlo. Por botellas de ron, no será.
No está mal esta isla